Hay objetos que poseen alma. No son solo acero, plástico y caucho; son cápsulas del tiempo que encierran los veranos más intensos de nuestra vida. Para muchos, el SEAT 850 fue un coche utilitario más de la España de la Transición. Para mí, fue el cómplice necesario de un amor que desafió a la distancia, un socio de negocios nocturnos y un superviviente de las carreteras de Cuenca. Esta es la historia de Manolito.

Hoy, décadas después, cuando veo un coche clásico por la calle, todavía busco inconscientemente ese tono amarillo vainilla y, sin decir nada, se que ningún climatizador podrá igualar el aire que entraba por las ventanillas triangulares de Manolito, ni ningún motor moderno sonará tan honesto como aquel 850 Especial que se negó a morir en la Serranía de Cuenca.
Manolito no fue un coche. Fue nuestra juventud sobre ruedas.
Esta crónica queda dedicada a mi padre Manuel, que me dio las llaves; a Marili, que nunca soltó el volante en las curvas difíciles; y a Manolito, por no rendirse nunca en aquella carretera de Cuenca.
El SEAT 850 Especial, lanzado en 1968, fue la evolución necesaria para la clase media española que buscaba algo más que un utilitario básico. «Manolito» no era un 850 cualquiera; su denominación «Especial» le otorgaba la potencia extra necesaria para cruzar la Castilla profunda y subir a la Sierra de Madrid sin desfallecer.
